Por fin ha llegado el día. 42 jornadas después de que se declarara el estado de alarma, más de seis millones de niños menores de 14 años tienen a partir de este domingo permiso para salir de casa a dar un paseo de una hora, y el paisaje ha cambiado en las calles. Se ven patinetes y bicicletas, incluso alguna familia que ha decidido salir al completo, los dos progenitores con sus hijos, cuando solo está permitido que un adulto acompañe a un máximo de tres niños a una distancia de un kilómetro como máximo desde su domicilio. Miles de pequeños han salido ya a la calle. Muchos llevan sus propios juguetes, pero saben que no les está permitido compartirlos. Han podido airearse, sí, pero respetando la distancia social. Si para ello hay que hacer requiebros imposibles, esquivando a otros transeúntes, se hacen. Lo importante es no pegarse demasiado.

Con tantos días de tensión acumulada, a veces las cosas no salen como uno quisiera. Carlota, la hija de seis años de Cristóbal, no quería subir a la bici. Y eso que era pronto y la plaza a la que habían bajado, en Barcelona, grande. “Que no me acuerdo de pedalear”, decía enfadada. “Acuérdate de que solo tenemos una hora”, insistía su padre. “Yo lo que quiero son mis amigas”, respondía la niña enfurruñada. Separado, explicaba que con la madre de la niña se han turnado por semanas. “Primero hicimos turnos de dos semanas, pero era demasiado, por intensidad para el que la tenía y porque la echaba de menos el que no la tenía”.

En Barcelona, el entorno de la Sagrada Familia ha sido tomado por vecinos con niños. En la ciudad, la salida de menores a la calle se produce sin incidentes: en los barrios próximos al mar, los vecinos se han acercado hasta la playa, cerrada, aunque algún listo ha cruzado las cintas de la Guardia Urbana. El centro histórico sigue desierto esta mañana y apenas se ven familias cuando las calles se ensanchan, delante de la Catedral o el Born. El Eixample, con su característica cuadrícula de aceras espaciosas, permite pasear guardando las distancias. En todos ellos abunda, eso sí, la picaresca de familias que han salido enteras, padre y madre con los niños. Cuando la Guardia Urbana les para aseguran que no sabían que solo podía salir uno de los dos.

Los niños tienen aún que acostumbrarse a esta nueva normalidad. Tomás, de siete años, y su hermana de cuatro, han salido esta mañana con su padre. “Estoy bastante cansado, pero me ha gustado”, decía tras una hora de skate por el barrio de La Latina, en Madrid. “La calle está un poco rara, he visto poca gente y muchas cacas de perro. El césped ha crecido en la plaza del mercado. Me ha dado mucha alegría ver a mi amigo Nico, pero pena también porque no le he podido abrazar para que no me pille el coronavirus”, resumía el pequeño tras volver a casa.

En Madrid, los requiebros en las aceras para no cruzarse con nadie se han multiplicado. El 65% de las aceras de la capital no permiten guardar la distancia física. Así que si hay que bajar a la carretera momentáneamente, se baja. Nico tiene cinco años y durante el confinamiento solo ha salido una vez para tirar la basura. Cuando este domingo se cruza con alguien en el parque avisa rápido a su madre: “¡Oye, mamá, que viene alguien!”. Desde su bici amarilla el niño explica que casi se le ha olvidado cómo se montaba en la bicicleta. Aunque se había acostumbrado a estar sin salir, reconoce que está disfrutando. Cuenta que lo que más echa de menos es su escuela: La casita de la dehesa, un colegio al aire libre entre el distrito de Tetuán y Fuencarral. “Es que en casa no hay árboles”, afirma.

Las zonas verdes están supuestamente cerradas este domingo en Madrid, pero como los accesos a muchas de ellas no contaban con ninguna limitación, decenas de familias se han lanzado a los parques. Aunque respetando la distancia de seguridad. Para poder salir a pasear juntas, varias familias con dos hijos se han dividido. La escena quizás se incorpore a la cotidianeidad que se avecina: un padre pasea con un hijo dos metros por delante de la madre, con el otro niño. Otras familias aseguran que van a dividir la hora de salida en dos partes: media hora por la mañana y media por la tarde. Ahora que los niños pueden disfrutar del aire libre, hay que exprimir el tiempo al máximo.

Y también las precauciones. A Emma de Mora, de tres años, la mascarilla que le ha puesto su madre (de tela y con su nombre estampado) le ha durado puesta dos minutos. “Me molestaba mucho”, comenta la pequeña, que este domingo ha salido a la calle, en el municipio valenciano de Torrent, con su carrito de juguete, su madre Rut Ortí y su hermana Leire, de 10 años, por primera vez desde que se decretó el estado de alarma. “Le he tenido que poner hidroalcohol al menos cinco veces porque lo tocaba todo”, comenta la madre. Han bajado de su casa pasadas las diez de la mañana y en lugar de ir hacia el centro de la ciudad, han preferido encaminarse hacia la Marxadella, una zona donde se entremezclan chalets y campo.

A la salida, esta familia se ha cruzado con poca gente, pero a la vuelta venían legiones. A Leire lo que más le ha gustado, después de semanas de hacer deberes en el balcón, magdalenas en la cocina y de bailar por todas las habitaciones, ha sido recuperar algo de su normalidad. Anoche estaban ambas nerviosas con la salida después de tanto tiempo bajo techo. A la vuelta, cuenta su madre, no querían subir a casa de nuevo. “Se han puesto un poco tristes pero, pensamos salir todos los días y eso también es un aliciente para ellas”, concluye Rut.

En la capital valenciana el día no puede estar más claro, hace sol y la gente se ha echado a la calle a partir de las once de la mañana. Muchos han elegido el Jardín del Turia, el gran parque urbano de la ciudad, para este primer paseo. Los parques de columpios están precintados y algún padre o madre ha tenido que agarrar a los más pequeños para que no se lanzaran hacia toboganes y balancines. Niños de todas las edades, sobre todo pequeños, iban en patinete, triciclos o llevaban pelotas.

Lo único que rompe la plácida mañana es el helicóptero de la policía que sobrevuela el parque y recuerda a través de sus altavoces las medidas de seguridad que hay que respetar. En apenas 10 minutos tres madres, Vera, María José y Danitza, acompañadas de sus hijos, de nueve a 12 años, se han encontrado en mitad del parque y se han saludado a distancia entre muestras de alegría. “¡Qué mayores! ¿Cómo lo lleváis?”, pregunta una de ellas. Se conocen todos porque los mayores van al mismo instituto. Lo mejor para los niños es volver a ver el cielo desde la calle y lo peor, no poder estar con los amigos. Lo llevan mal.

Pero el buen tiempo no acompaña en todos lados. Con más nubes que claros en el cielo y un sol que pelea por asomar pasado el mediodía, Adriàn Garrido, de 10 años, y su hermana Aldara, de uno, han salido este domingo con sus bicicletas para darse el primer paseo desde que la Xunta de Galicia cerró colegios y guarderías. En realidad, ellos han montado casi a diario, porque lo que sobra es tierra delante de la casa familiar. “Aquí el confinamiento es otra cosa…, se lleva mucho mejor que en un piso. En la aldea tenemos mucha más suerte” comenta el tío de los pequeños, Toño Garrido, mientras no pierde ojo de la niña, que salta los baches con mucha soltura con su pequeño vehículo rosa. Toda la familia, incluidos los abuelos, Delfina Parajó y Jesús Fernando Felicísimo Garrido, aguarda la inminente llegada de la madre de los críos, que ha salido a comprar a la tienda del lugar y será quien se los lleve de paseo. Como no vive encerrado entre cuatro paredes y nadie le ha privado de respirar en campo abierto, Adriàn asegura que lo único que ya echa en falta a estas alturas es el colegio. “Tengo muchísimas ganas de ver a mis amigos”, repite varias veces. La queja se repite.

No han sido muy madrugadoras las familias. En Sevilla, las calles seguían vacías a primera hora. Pero conforme avanzaba la mañana, la Ronda de Capuchinos y Recaredo, una de las arterias principales que vertebra la ciudad, han empezado a animarse. Salen más niños acompañados por sus padres, con patinetes, pero casi no los utilizan. “Tenemos mucha cautela”, explica Laura, madre de dos niños, de 12 y siete años, y que ha salido con el mayor, José David. “Todo le parece más grande, los árboles, las plazas, pero tiene prevención si se acerca alguien”, dice.

Con información de El País, Cristina Vázquez, Eva Saiz, Clara Blanchar, Beatriz Lucas Silvia R. Pontevedra.